Hay personas que, antes de enviar un correo, releen la misma frase varias veces y aun así no se deciden a pulsar «Enviar». Cuando les proponen algo nuevo, lo primero que les viene a la cabeza no son las ganas de intentarlo, sino la cara que pondrá la gente si fracasan. Por fuera parecen prudentes, pero en realidad están evitando las situaciones en las que los demás las evalúan.
¿Qué teme de verdad quien revisa un correo una y otra vez?
Para esta persona, equivocarse no significa cometer un fallo que basta con corregir. Significa recibir de los demás un veredicto: «resulta que no sabe hacer ni esto». Por eso no se limita a reducir las posibilidades de equivocarse, como hace cuando relee el correo una y otra vez: también aplaza o rechaza directamente las tareas en las que se pone a prueba su capacidad.
¿Por qué se evita empezar cuando un solo error parece un defecto de toda la persona, y no solo de lo que hizo?
Cuando uno se equivoca, siente vergüenza. Una vergüenza que se puede soportar lleva a revisar lo que se hizo mal. Pero una vergüenza difícil de soportar convierte «he hecho algo mal» en «soy yo el que está mal». Por eso, aunque solo haya puesto mal una cifra en un informe, siente que ha quedado al descubierto que no está a la altura, ni por su capacidad ni como persona.
Cuando se siente así, dejar una tarea para más tarde no es pereza, sino una manera de protegerse. Si no la empieza, nadie puede verlo fracasar; si la hace a toda prisa justo antes del plazo, aunque el resultado sea malo, puede explicarlo con un «no me dio tiempo». Pero cuanto más se repite este aplazamiento, menos oportunidades tiene de ir mejorando su capacidad.
¿Qué pasa cuando hay mucha distancia entre el yo ideal y el yo real?
Cada persona lleva dentro una imagen de cómo debería ser: un yo ideal. Es la imagen desde la que uno da por hecho cosas como «esto, como mínimo, tengo que hacerlo bien». Si el listón de ese yo ideal está muy por encima de lo que uno es capaz de hacer en la realidad, el yo real siempre parece insuficiente. De diez cosas, nueve salen bien y una sale mal, y esa una pesa más que las otras nueve.
El problema no son las metas altas en sí. El problema es que, cuando uno no llega a la meta, en vez de ajustar el plan para alcanzarla, pone en duda su propio valor. Y si, en cuanto se queda por debajo del listón, siente que los demás se van a decepcionar y a alejarse de él, ya no trabaja para aprender, sino para ocultar sus carencias. Poner el listón demasiado alto y esforzarse por esconder que uno no llega a él: a eso se le suele llamar perfeccionismo.
¿Qué aprende un niño que, tras equivocarse, recibe reproches o indiferencia?
Que un error resulte tan insoportable puede estar ligado a la infancia: a cómo reaccionaba la persona que nos cuidaba cuando nos equivocábamos. El niño aprende cuáles son sus capacidades y sus límites a base de equivocarse y caerse. Si en esos momentos quien lo cuida lo humilla con un «¿es que no sabes hacer ni esto?» o le da la espalda con cara de decepción, el niño siente que, cada vez que se equivoca, esa persona se aleja de él. Como solo recibe humillación e indiferencia, y nadie le dice «mira, se hace así», nunca llega a comprobar que, cuando uno se equivoca, basta con corregir el error. En su lugar, saca una conclusión: «si me equivoco, me quedo solo».
¿Y si, en cambio, el adulto que lo cuida le dice «no pasa nada; mira, puedes hacerlo así», le explica en concreto qué hizo mal y le da la oportunidad de volver a intentarlo? Entonces, para el niño, fallar no es quedarse solo, sino descubrir cómo hacerlo la próxima vez. La capacidad de buscar la causa de un error, y de preguntar y pedir ayuda cuando no se sabe algo, no es innata. Se forma cuando el niño comprueba que, incluso después de equivocarse, la persona que lo cuida no le da la espalda.
¿En qué clase de adulto se convierte el niño que se fija primero en la cara de los demás?
Cuando tiene hambre, miedo o ganas de que lo abracen, el niño manda señales sin parar. Pero si quien lo cuida las pasa por alto una y otra vez, el niño empieza a hacer al revés: en vez de esperar a que el adulto se fije en lo que él necesita, es él quien se fija primero en el estado de ánimo del adulto y se ajusta a ese estado de ánimo. Antes de preguntarse si tiene hambre o si quiere descansar, calcula si el adulto va a aceptar que se lo diga ahora. A esta forma de ser, construida reprimiendo los propios sentimientos y deseos para ajustarse a lo que el adulto quiere, en psicología se la llama «falso self». «Self» es la palabra inglesa para «uno mismo», así que «falso self» significa un yo falso. Pero aquí «falso» no quiere decir que la persona mienta. Quiere decir que no puede vivir siendo quien es de verdad y acaba viviendo como un yo hecho a la medida de los demás.
Ya de adulto, si ve que el jefe se pone serio, lo primero que hace es buscar en qué se ha equivocado; si alguien se decepciona con él, se angustia como si lo fueran a abandonar. Tiene una gran habilidad para captar enseguida lo que los demás esperan de él, pero no consigue decir qué quiere hacer ni cuánto puede asumir. Que relea varias veces la misma frase antes de enviar un simple correo puede deberse también a esto: a que siempre se ha ajustado a lo que los demás esperaban de él.
¿Qué experiencias hacen falta para que el perfeccionismo disminuya?
Pensar una y otra vez «no pasa nada si me equivoco» no basta para que el miedo se reduzca. Hace falta actuar: enviar tal cual el correo que ya está bastante bien, preguntar lo que no se sabe y corregir enseguida lo que se haya transmitido mal. Y hay que comprobar por experiencia propia que, después de hacerlo, ni la relación con los demás ni el trabajo se acaban.
Un error no es un veredicto sobre toda la capacidad de una persona, sino un fallo que se produjo en una acción concreta. Basta con ver qué salió mal y corregirlo. Cuando uno va comprobando que, aunque se vean sus carencias, no se queda solo, puede pasar de una vida en la que se esconde para que nadie las note a una vida en la que se atreve a intentar las cosas para aprender.
Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas