Por qué es necesario el duelo aunque sus padres sigan vivos

Hay personas que, después del funeral, siguen conversando en su interior con quien ha muerto. Le dan explicaciones —«Papá, lo de aquella vez, es que yo…»— y, cada vez que van a hacer algo, le piden permiso: «¿Te parece bien que lo haga?». Y hay también quien, con sus padres todavía vivos, recibe una y otra vez la misma herida porque sigue esperando: «algún día me entenderán». En los dos casos, puede que la persona aún no haya aceptado por dentro que la relación que deseaba ya no se puede conseguir en la realidad.

¿Qué es lo que se acepta al hacer el duelo?

Hacer el duelo no es solo llorar mucho. Es el proceso de aceptar que quien se ha ido no va a volver; que el amor, la disculpa o el reconocimiento que uno esperaba no van a llegar nunca; y que el futuro con el que contaba no se va a cumplir. Y es también el proceso de retirar el corazón que uno tenía puesto en quien se fue y en lo que ya pasó, para volver a ponerlo en la vida de ahora.

¿Cuándo empieza a hacerle daño ir pareciéndose a quien se ha ido?

Ir pareciéndose a quien se ha ido en la forma de hablar y en las costumbres puede ser una parte natural del duelo. Cuando uno se funde así con quien se fue, como si los dos fueran una sola persona, y llega a sentir como esa persona y a vivir como ella, a eso se le llama identificación.

El problema aparece cuando uno sigue fundido así con esa persona y, a la vez, no consigue aceptar que ya no está. Porque entonces la mente intenta seguir a esa persona y quedar en su mismo estado. Y como esa persona ha muerto, uno puede llegar incluso a sentir que también quiere morir. Por eso quien no ha podido hacer el duelo cae en una depresión y, en los casos graves, hay quien llega a intentar suicidarse.

Negarse, por culpa, a ser más feliz que la persona que murió, o descuidar la propia salud, también puede nacer de ese impulso de seguir a quien se fue. En ese caso, la manera de recordar ese amor se ha convertido en autodestrucción.

Por supuesto, no toda depresión ni todo riesgo de suicidio vienen de no haber podido hacer el duelo. Si se siente muy deprimido, si le vienen pensamientos de querer morir o si su día a día —comer, dormir, trabajar— ya no funciona como antes, busque ayuda profesional de inmediato. En esos momentos, la seguridad va antes que ponerse a analizar qué razones hay en su interior.

¿Hacer el duelo por unos padres que siguen vivos significa abandonarlos?

De lo que hay que despedirse no es de sus padres reales, sino de la expectativa de que «algún día serán los padres que yo quería». Si sus padres ya son mayores y usted sigue reclamándoles la protección y el reconocimiento que no recibió de niño, cada vez que los vea se repetirá la misma decepción.

Reconocer los límites de sus padres no le obliga a perdonarles también lo que hicieron mal. Puede que tenga que reducir el contacto con ellos o tomar distancia. Tomar distancia tampoco es abandonar a sus padres: es poner un límite a lo que hacen y le hace daño. Hacer el duelo no es pintar a los padres mejor de lo que son, sino ver con exactitud lo que de verdad pueden darle y lo que no.

¿Qué empieza a ver cuando suelta el retrato de los padres ideales?

Todos llevamos dentro un retrato de nuestros padres, el que fuimos pintando a fuerza de desear «ojalá mi madre fuera así», «ojalá mi padre fuera así». En ese retrato, los padres pueden seguir siendo «alguien que me entenderá si se lo explico lo suficiente» o «alguien que algún día me pedirá perdón». Aunque sus padres reales sigan negando lo que hicieron mal y echándole la culpa a usted, si no suelta ese retrato, en la próxima visita o en la siguiente comida del domingo volverá a esperar de ellos lo mismo. Mientras siga agarrado a ese retrato, el duelo no empieza, y usted vuelve a salir herido una y otra vez por la expectativa que usted mismo ha puesto en ellos.

En cambio, si deja ese retrato a un lado, empieza a ver a sus padres reales. Ve sus pequeñas virtudes tal como son, y ve también tal como son sus conductas dañinas, así que puede marcar los límites con más claridad. Soltar el retrato no es cortar la relación. Al contrario: solo al soltarlo puede encontrarse con sus padres de carne y hueso y seguir la relación con ellos hasta donde de verdad sea posible.

A medida que avanza el duelo, ¿cómo cambia esa conversación que mantiene por dentro?

Para que el duelo haya terminado no hace falta olvidar a quien murió ni dejar de sentir nada por sus padres. Lo que cambia es que esa conversación interior deja de decidir por usted lo que tiene que hacer ahora. Ya no necesita pedirle permiso a quien murió cada vez que va a hacer algo; y aunque se acuerde de esa persona y sienta tristeza, esa emoción ya no le hace renunciar a comer, a dormir, a sus relaciones ni a su trabajo. Cuando esto ocurre, es que su corazón está volviendo a la vida de ahora.

Reconocer que hubo un amor que no recibió duele mucho. Pero solo si lo reconoce dejará de perderse las relaciones que tiene ahora por estar esperando a alguien que no va a llegar nunca, ya sea quien murió o los padres que usted deseaba. De lo que uno se despide no es del amor por quien se fue ni por sus padres, sino de la expectativa de que, aunque sea a estas alturas, lo que pasó cambie y por fin reciba el amor que no recibió.


Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas

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