Cuando no consigue decir que no, su responsabilidad y la del otro se confunden

Le piden algo, usted no quiere hacerlo y, aun así, no consigue decir que no. No es que le falten las palabras para negarse. Lo que hay detrás es un miedo: «Si digo que no, me verán como una persona egoísta», «Si la otra persona se enfada, se acabará la relación». Por eso se guarda las frases con las que marcaría sus propios límites, como «Esto me resulta difícil» o «Hasta aquí puedo llegar».

Cuando teme perder la relación, ¿de qué intenta hacerse responsable?

Con ese miedo, usted intenta hacerse responsable incluso de la decepción de la otra persona. Aceptar o no una petición es algo que decide usted y de lo que responde usted. En cambio, si la otra persona se siente dolida al oír un no, esa es una emoción que le toca manejar a ella. Si no separa estas dos cosas, seguirá entregando su tiempo y sus fuerzas una y otra vez para proteger el ánimo de los demás.

Con un límite psicológico claro, ¿dónde termina su responsabilidad?

El límite psicológico no es un muro para apartar a las personas. Es la línea que separa «hasta aquí soy yo» de «a partir de ahí ya no soy yo». Lo que queda dentro de esa línea le pertenece a usted: sus pensamientos y sus emociones son suyos, y en qué emplea su tiempo y sus fuerzas lo decide usted. Así como la otra persona tiene derecho a pedir, usted tiene derecho a negarse.

Cuando ese límite es claro, las emociones de la otra persona quedan del lado de ella, y las de usted, del lado de usted. Por eso, si alguien se enfada con usted, no concluye enseguida: «Esa persona se ha enfadado, así que he hecho algo mal». Que se haya enfadado es un hecho; si usted ha hecho algo mal es otra cuestión, y juzga cada cosa por separado. Tampoco hace lo contrario: atribuir a la otra persona la causa de un malestar que ha nacido en usted. Por ejemplo, si en realidad ese malestar viene de que está a disgusto consigo mismo, no da por hecho que «me siento así porque le caigo mal a esa persona». En los dos casos, lo que le permite no confundirse es que sabe distinguir una emoción de un hecho.

¿Qué ocurre con sus deseos si en la infancia no llegó a experimentar lo suficiente que usted y los demás son personas distintas?

Un niño va formando una idea de sí mismo, la de «yo soy así», a medida que experimenta que él y la persona que lo cuida son dos seres distintos. Aunque el niño tenga hambre, quien lo cuida puede querer descansar; aunque el niño desee algo, quien lo cuida puede decirle que no. Al soportar esta realidad, el niño va aprendiendo que lo que él quiere y lo que quiere el otro no siempre coinciden, y así se le va formando su propio límite: la línea entre él y los demás.

Si en la infancia no llegó a vivir lo suficiente esta experiencia, la de que quien le cuidaba era alguien distinto de usted, llega a la edad adulta con una línea borrosa entre usted y los demás. Como no separa bien lo que el otro quiere de lo que a usted le toca hacer, siente las expectativas de quienes le rodean como si fueran obligaciones propias. Antes de preguntarse qué quiere usted, busca la respuesta que le guste al otro. Y después de vivir así mucho tiempo, le cuesta responder a la pregunta «¿Qué quiero yo?».

Si la relación se vuelve incómoda después de poner un límite, ¿ha hecho usted algo mal?

Si usted siempre decía que sí a lo que le pedían y un día se niega por primera vez, la otra persona puede desconcertarse o sentirse dolida. Eso no demuestra que su nuevo límite esté equivocado. Es el roce que aparece cuando cambia la manera de relacionarse a la que los dos estaban acostumbrados.

Una relación sana no se sostiene porque una de las dos partes se trague todo el malestar, sino porque cada una conoce los límites de la otra y ambas se van ajustando. Si por una sola negativa la otra persona le humilla o amenaza con romper la relación, puede que esa persona valorara más la comodidad que usted le proporcionaba que a usted como persona. Conviene considerar también esa posibilidad.

¿Cómo se puede decir que no de forma breve y concreta?

Para rechazar una petición, basta con decir con claridad lo que no puede hacer: «Esta semana no tengo tiempo, así que no voy a poder encargarme de eso». Cuando algo que le dicen le resulta molesto, también basta con decirlo de forma breve y clara: «Ese comentario me molesta; le pido que no siga». Lo que complica las cosas no es dar una razón breve, como en el primer ejemplo, sino explicar sus circunstancias con todo detalle para convencer al otro. Entonces lo que usted ya había decidido vuelve a quedar en discusión: la conversación pasa a ser una negociación sobre si esas circunstancias son motivo suficiente para negarse.

Si le cuesta empezar diciendo que no a peticiones grandes, puede practicar primero con decisiones pequeñas. Tomarse un tiempo antes de contestar un mensaje en lugar de hacerlo al momento, decir que no cuando le proponen comer algo que usted no quiere, ofrecer solo los horarios en los que sí puede: por ahí se empieza. Los límites no nacen solo de una decisión interior; se vuelven claros a fuerza de ponerlos en práctica una y otra vez.

¿Qué cambia si mantiene su límite aunque sienta culpa después de negarse?

Sentir culpa después de negarse no significa que la negativa fuera un error. Esa culpa viene de una costumbre de muchos años: sentir que le corresponde a usted dejar satisfechos a los demás. No se trata de eliminar primero la culpa para poner límites después, sino de mantener el límite que ha decidido aunque sienta culpa.

Si para no perder sus relaciones se ha ido anulando, el primer intento de poner un límite puede sentirse como una pelea con la otra persona. Pero a medida que comprueba, una y otra vez, que elegir algo distinto de lo que quiere el otro no le convierte en una mala persona, empieza por fin a distinguir entre lo que usted desea y lo que el otro le exige. Así vuelve a ver sus propios deseos, que durante tanto tiempo, tapados por lo que el otro le pedía, se habían vuelto borrosos.


Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas

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