Por qué descubre algo de sí mismo en la persona que menos soporta

Ante alguien que le parece egoísta, hay dos cosas que conviene distinguir. Una es juzgar si esa persona actuó de verdad con egoísmo. Otra es sentir que el egoísmo está solo en ella, cuando también hay algo de eso en usted. Esto segundo se llama proyección: sentir que algo que también es suyo está solo en la otra persona. No ocurre solo con el egoísmo. Los deseos o la rabia que a usted le cuesta reconocer también pueden parecerle rasgos del carácter de esa persona. Entonces empieza a encontrarlos en ella una y otra vez. Por eso hasta un gesto pequeño de esa persona le molesta tanto: en ese gesto vuelve a ver algo suyo que le cuesta reconocer.

¿Es la proyección una mentira deliberada o una defensa ante lo que usted no soporta sentir?

La proyección no es una mentira que se dice a propósito. A veces un sentimiento propio le resulta demasiado difícil de sobrellevar. Si lo siente como algo de la otra persona, ya no tiene que cargar con él como suyo. Por eso la proyección es una defensa psicológica: sirve para protegerse de un sentimiento que no puede sostener. Esta defensa funciona sin que usted se dé cuenta. Y como no sabe que lo está haciendo, el juicio «esa persona es egoísta» le parece un hecho indiscutible. Pero sentirse muy seguro de un juicio no quiere decir que el juicio sea acertado.

¿En quién pone el bebé la agresividad que no puede soportar?

La psicoanalista Melanie Klein pensaba que el ser humano proyecta desde que nace, y describió con mucho detalle cómo ocurre en el bebé. Según Klein, el hambre y la frustración despiertan en el bebé rabia y agresividad, emociones muy intensas que le cuesta mucho tener dentro de sí. Esas emociones son una fuerza destructiva, y el bebé es todavía demasiado frágil para aceptar que algo así está dentro de él: si estuviera dentro, tendría miedo de que esa fuerza lo destruyera, de desaparecer. Por eso siente que esa fuerza no está dentro de él, sino fuera. Como lo que le asusta ya no está dentro, el miedo a desaparecer disminuye.

Para un recién nacido, «fuera» es ante todo la persona que lo alimenta y lo cuida: es lo primero que encuentra fuera de sí. Por eso, cuando siente que esa fuerza está fuera, la siente en esa persona. Y entonces, paradójicamente, quien lo alimenta puede parecerle a ratos alguien malo que lo atormenta. Es lo mismo que hace el adulto cuando proyecta: lo que no puede sostener dentro de sí, lo siente en otra persona.

Cuando el bebé llora y quien lo cuida soporta ese llanto y lo calma, el bebé comprueba que, aunque sienta emociones muy intensas, ni él mismo queda destruido ni se rompe su relación con esa persona. Solo si esta experiencia se repite, el bebé es capaz de sentir hacia una misma persona sentimientos buenos y malos a la vez. Acepta entonces que la que lo alimenta y la que sentía que lo atormentaba no son dos personas distintas, sino la misma.

¿Por qué, cuanto más se prohíbe usted un deseo, más grande le parece en los demás?

Quien siempre tuvo que ser responsable, aunque quisiera descansar, puede acusar de irresponsable a quien se deja ayudar con naturalidad. Quien se avergüenza de querer ser reconocido puede sentir que la persona que no oculta ese deseo está presumiendo. En los dos casos, quien critica lleva dentro lo mismo que critica. Quien siempre tuvo que ser responsable también quiere descansar, y quien se avergüenza de querer reconocimiento también lo quiere. Pero ninguno de los dos se ha permitido sentirlo, y por eso no puede reconocerlo como propio. En su lugar, lo encuentra en otra persona que sí lo muestra, y lo ve como un defecto de ella.

Un deseo no desaparece porque usted se lo prohíba. Sigue ahí, pero usted no puede verlo como suyo. Cuanto más fuerte se lo prohíbe, menos lo ve en sí mismo y más grande le parece en los demás.

Sigue siendo posible que la conducta de la otra persona esté mal. Aun así, la pregunta importante es: «¿Por qué reacciono con tanta fuerza ante esta conducta?».

¿Cómo hace la proyección que una discusión produzca pruebas de que el malo es el otro?

Una discusión puede ir produciendo pruebas de que el otro es el malo. Si usted da por hecho que la otra persona es fría y la acorrala con esa acusación, ella, para defenderse, puede reaccionar de verdad con frialdad. Entonces usted se convence: «Tenía razón». Lo que usted pensaba de esa persona provoca en ella una reacción fría, y esa reacción le confirma a usted lo que pensaba. Cuanto más se agrava la pelea, más fuerte se vuelve en usted la convicción: «Esa frialdad no está en mí; la culpa es tuya». Aquí actúa la proyección: la pelea parece demostrar que la frialdad está solo en la otra persona y no también en usted. Y cuanto más seguro está de eso, menos puede mirar dentro de sí.

Este círculo empieza cuando usted da por hecho que la otra persona es fría y la acorrala. Por eso, para detenerlo, antes de dar por sentada la intención de la otra persona, hay que decir primero qué hizo, tal como usted lo vio. Por ejemplo, en lugar de decir «Me ignoras», puede decir: «Cuando te hablaba y vi que mirabas el teléfono, sentí que no me escuchabas». Así quedan separados lo que ocurrió de verdad (miraba el teléfono) y lo que usted interpretó (no me escuchaba).

¿Hay que ver también la violencia y los abusos reales como proyección, y tomarlos como un problema suyo?

Si toda rabia se explica como proyección, se puede terminar cargando la responsabilidad sobre la víctima. Cuando hay abusos que se pueden comprobar, como amenazas, violencia, insultos repetidos o control económico, lo primero es hacer que ese daño se detenga y ponerse a salvo. No hay ninguna razón para aguantar el daño que alguien le hace pensando «esto lo estoy proyectando yo».

La pregunta con la que se examina la proyección, «¿Por qué reacciono con tanta fuerza?», se hace después, cuando usted ya está a salvo. Esta pregunta no borra lo que la otra persona hizo mal. Sirve para que usted vea cuánto de su reacción viene de deseos o de rabia que no ha reconocido como suyos. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez: que la otra persona hizo algo mal de verdad y que, además, algo de usted se sumó a eso e hizo que usted reaccionara con más fuerza.

¿Qué puede ver si se aplica a sí mismo las palabras con que acusa a la otra persona?

Si una y otra vez acusa a alguien de ser egoísta, de querer llamar la atención o de ser controlador, puede preguntarse con cuidado si esas palabras no hablan también de usted. Puede mirar si usted también quiere descansar o ser reconocido y no se lo ha permitido, como las personas de los ejemplos anteriores. Y, si lo acusa de controlador, puede mirar si alguna vez usted también ha controlado a su familia para calmar su propia ansiedad.

Reconocer «yo también tengo ese lado» no borra lo que la otra persona hizo mal. Lo que cambia es que usted recupera una parte de sus propios sentimientos: la que hasta ahora solo veía en la otra persona. Quien no se permite las ganas de descansar sigue teniéndolas, pero solo las deja ver en forma de reproche: «esa persona es una irresponsable». En ese reproche asoma su propio deseo de descansar. Si usted reconoce esas ganas como suyas, puede decir sin rodeos que también quiere descansar, en lugar de acusar al otro de irresponsable. Lo mismo vale para sus demás deseos y para su rabia: cuando puede reconocerlos como suyos y decirlos directamente, ya no necesita expresarse solo atacando los defectos de la otra persona.


Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas

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