¿Qué le impide creer lo bueno que le dicen?
Cuando alguien le hace un elogio, usted da las gracias, pero diez minutos después puede que ya no le quede nada de aquellas palabras. En cambio, de una crítica que oyó hace semanas recuerda hasta el tono con que se la dijeron. Si esto se explica solo diciendo «tengo la autoestima baja», no se llega a entender por qué el elogio desaparece y la crítica se queda.
Para entenderlo hay que fijarse no solo en la mala opinión que uno tiene de sí mismo, sino en lo que pasa con las palabras que le llegan. Quien ha recibido reproches una y otra vez puede acabar formándose una imagen de sí mismo: «no estoy a la altura». A partir de ahí, todo lo que oye pasa por una comprobación que se hace sola, por dentro, antes de que llegue a pensar nada: ¿esto encaja con esa imagen o no? El elogio no encaja, y por eso se clasifica como exageración o como simple cortesía. La crítica sí encaja, y se acepta al momento, como algo que ya sabía.
¿De qué depende que las experiencias buenas y las malas quepan juntas en la mente?
Para ver de dónde sale esa imagen hay que mirar cómo guarda la mente lo bueno y lo malo desde que uno es muy pequeño. A un niño pequeño le cuesta entender, al principio, que la madre que le da lo que quiere y la madre que le hace esperar son la misma persona. La psicoanalista Melanie Klein explicó que la mente del bebé guarda por separado las experiencias buenas y las malas. Por eso se forman en su interior dos imágenes distintas de la madre: una madre buena y una madre mala. Con la imagen que el bebé tiene de sí mismo pasa lo mismo: también se divide en dos. En los momentos en que la madre le da lo que pide, el bebé se siente a sí mismo como un «yo bueno»; en los momentos en que tiene que esperar y lo pasa mal, se siente como un «yo malo». Y cada una de estas dos imágenes se guarda por separado. A esta forma de dividir lo bueno y lo malo en dos partes separadas se le llama escisión.
El bebé no decide hacerlo: su mente separa así por sí sola, y esa separación sirve para proteger a la madre buena y al yo bueno. Si lo bueno y lo malo estuvieran en un mismo sitio, lo malo acabaría destruyendo todo lo bueno, y no quedaría ni madre buena ni yo bueno. Se entiende mejor con una imagen: piense en lo bueno como agua limpia y en lo malo como tinta. Si hay muy poca agua, bastan una o dos gotas de tinta para que toda el agua se tiña y ya no quede nada de agua limpia. Por eso, para conservar el agua limpia, hay que mantenerla separada de la tinta.
Pero si hay tanta agua como en un río caudaloso, se pueden echar unas cuantas gotas de tinta y el río sigue limpio. Con la mente pasa lo mismo. Si un niño ha ido guardando muchísimas experiencias en las que su madre fue buena con él y él se sintió bueno, cuando aparecen también la imagen de la madre mala y la del yo malo, caben: pueden guardarse junto a lo bueno sin que lo bueno se pierda.
Estas experiencias buenas se acumulan cuando el niño recibe, una y otra vez, un cuidado estable. Entonces llega a entender cosas como «mi madre me quiere, pero a veces me decepciona» o «tengo cosas buenas y también cometo errores». Lo bueno y lo malo están juntos, y aun así ni la relación con su madre ni el valor que se da a sí mismo se vienen abajo del todo.
Si, por el contrario, las experiencias buenas no son tantas, lo bueno y lo malo no pueden guardarse juntos. Y no hace falta que lo malo sea más que lo bueno: basta con que haya más o menos la misma cantidad de las dos cosas. Es como echar casi tanta tinta como agua: al mezclarlas, del agua limpia no queda nada. Del mismo modo, si la mente intentara juntar lo bueno y lo malo, lo bueno quedaría destruido por completo. Por eso siguen separados.
Al principio, un bebé no ve el mundo tal como es, sino tal como lo imagina por dentro. A medida que la mente madura, va siendo capaz de ver la realidad como es. Pero si la mente se queda así, dividida, y no madura, una persona puede tener sesenta o setenta años y seguir viendo el mundo según lo que imagina por dentro, y no como es en realidad.
Si una persona ha vivido recibiendo muchos reproches, dentro de ella queda la imagen de un yo malo, «no estoy a la altura», y junto a esa imagen, algo que imagina y da por hecho: «los demás también me van a hacer reproches, igual que me los hicieron antes». Como la comprobación del principio, esta idea se pone en marcha sola, antes de que uno llegue a pensar nada. Por eso, aunque alguien le haga un elogio, no lo oye como un elogio: lo que imagina por dentro contamina el elogio real y lo convierte en exageración o en simple cortesía.
¿Basta con recibir muchos elogios para que se le queden dentro?
Es importante que en las relaciones se vayan acumulando experiencias buenas, como las que guarda un niño que recibe un cuidado estable. Pero recibir muchos elogios, sin más, no hace que esos elogios se queden dentro. Como ya se ha visto, a quien ha vivido recibiendo muchos reproches un elogio no le suena a elogio. También importa qué es lo que se elogia y si quien lo dice es alguien de quien usted se puede fiar.
En cuanto a qué se elogia, es más fácil aceptar algo concreto, como «me gustó que escucharas la pregunta hasta el final antes de contestar», que un vago «eres genial», porque lo concreto es un hecho que usted mismo puede comprobar. No hace falta que se obligue a creer lo bueno que le dicen. Pero tampoco lo rebata enseguida con un «seguro que lo dice por cumplir». Lo que ayuda es practicar otra cosa: sin decidir todavía si lo cree o no, deje esas palabras en suspenso durante un día, tal como se las dijeron. Al final se explica cómo hacerlo.
¿Con qué experiencias buenas cambia una imagen de sí mismo de tantos años?
Un solo elogio, por entusiasta que sea, no cambia de golpe una imagen de sí mismo que lleva tantos años ahí. Hace falta que se vayan sumando otras experiencias: equivocarse y que nadie le humille; decir que no a algo que le piden y que la relación no se rompa; que le traten con respeto incluso un día cualquiera, sin haber hecho nada especial.
Los elogios también pueden sumarse a estas experiencias, pero solo si de verdad le llegan. Para eso sirve dejarlos en suspenso durante un día. Se puede hacer así: la próxima vez que reciba un elogio, antes de añadirle un juicio como «seguro que exagera», escriba la frase tal como la oyó. Anote solo los hechos: quién se lo dijo, qué había hecho usted y qué palabras usó esa persona.
No se trata de creerse todo lo bueno que le digan. Normalmente, la comprobación que se hace sola convierte el elogio en exageración o en cortesía antes de que usted llegue a pensar nada. Si escribe la frase antes de juzgarla, durante ese día se queda tal como se la dijeron, sin que usted la haya aceptado ni descartado todavía. Anotarla así es hacer sitio para que también entren en su interior las pruebas que no encajan con esa vieja imagen de «no estoy a la altura».
Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas