Hay momentos en que se le acumulan las cosas que tiene que hacer y, aun así, no consigue salir de la cama; lo que le dicen los demás le llega como si se lo dijeran desde muy lejos. Si esto se explica solo como pereza, no se entiende por qué el cuerpo no le responde. Puede que el estrés que vive ahora haya superado las fuerzas que tiene para sobrellevarlo y que, por eso, su mente haya vuelto atrás, a un estado en el que quiere ser como un niño pequeño.
Cuando lo que la realidad le exige supera sus fuerzas, ¿adónde vuelve la mente?
Cuando lo que la realidad le exige supera sus fuerzas y se vuelve demasiado doloroso, la mente se retira de la realidad de fuera e intenta volver a su propio mundo interior. Es decir, le entran ganas de ser otra vez como un niño pequeño. En psicoanálisis, a esta vuelta atrás se le llama regresión. No es que un adulto se convierta de verdad en un niño, sino que, para soportar la ansiedad, vuelve a recurrir a las maneras de actuar que tenía de pequeño. Por eso puede ocurrir que deje en manos de otros sus decisiones, o que corte el contacto con los demás y se refugie en el sueño.
Que lo que le dicen los demás le llegue como desde muy lejos también puede deberse a que la mente se ha retirado así de la realidad de fuera. Y se entiende por qué la mente vuelve precisamente a su propio mundo interior si se mira cómo experimenta el mundo una persona al principio de su vida.
¿Cómo experimenta el mundo un bebé al principio?
El mundo de un bebé que todavía no ha aprendido a hablar gira en torno al hambre y a la satisfacción. Cuando tiene hambre, siente que la persona que lo cuida no va a venir nunca; cuando está en brazos y con la tripa llena, siente que el mundo es un lugar seguro. La psicoanalista Melanie Klein llamó fantasía a este significado que el bebé, sin darse cuenta, atribuye a las sensaciones de su cuerpo, como el hambre, y a sus impulsos. La fantasía de la que se habla aquí no es soñar despierto con cosas que uno se inventa.
El bebé todavía no sabe distinguir qué es real. Por eso vive el mundo a partir de esta fantasía, y no de la realidad. Todos empezamos la vida así. Crecer es ir corrigiendo esta fantasía a medida que uno comprueba, una y otra vez, que la fantasía y la realidad no son lo mismo. Y, al irla corrigiendo, uno llega a aceptar la realidad.
¿Qué clase de cuidado ayuda a un niño a comprobar cómo es la realidad?
Imagine que, cuando un niño llora, la persona que lo cuida suele responder, y que, cuando le toca esperar, solo le hace esperar lo que el niño es capaz de aguantar. Entonces el niño aprende que, aunque no consiga enseguida lo que quiere, quien lo cuida acaba viniendo. Es la experiencia de que el miedo que siente por dentro y lo que pasa en realidad pueden no coincidir. A medida que esta experiencia se repite, la fantasía se va corrigiendo poco a poco.
En cambio, si el cuidado es muy imprevisible o amenazante, el niño no tiene margen para comprobar con calma cómo es la realidad. Puede interpretar un simple gesto en la cara del adulto como una señal de peligro y retirarse a su mundo interior. Cuanto peor es el entorno, más débil se vuelve la capacidad de reconocer la realidad y aceptarla. Desde luego, el entorno de la infancia, por sí solo, no lo decide todo. Pero, si esa capacidad es débil, cuando ese niño crezca y pase por una situación de mucho estrés, puede retirarse con más facilidad a su mundo interior.
¿Por qué la regresión se nota más cuando cambia el papel que uno tiene, como en la adolescencia, al buscar trabajo o al casarse?
Cuando el papel que uno tiene y sus relaciones cambian mucho, como ocurre al hacer la selectividad en la adolescencia, al buscar trabajo, al casarse, al tener un hijo o al divorciarse, lo que antes funcionaba deja de funcionar. Aumentan las decisiones que hay que tomar, y también la responsabilidad si algo sale mal. Si la mente no soporta ese peso, uno puede dejar las decisiones en manos de sus padres, reaccionar con una pataleta de niño ante cualquier cosa sin importancia o aplazarlo todo.
Dejar las decisiones en manos de otros, tener pataletas y aplazarlo todo: las tres cosas pueden ser formas de regresión, en las que la mente se retira de una realidad que le supera y quiere ser otra vez como un niño pequeño. Como se ha visto antes, todos empezamos la vida a partir de la fantasía, y no de la realidad. Ese mundo interior al que se retira la mente, es decir, el mundo de la fantasía, es en cierto modo el primer hogar en el que vivimos. Cuando la realidad duele demasiado, la mente intenta volver a ese hogar.
Aunque aparezcan estas reacciones de regresión, no hace falta concluir que es usted una persona inmadura. Lo primero es mirar qué se le está exigiendo ahora, hasta qué punto se han venido abajo su descanso y sus fuerzas, y si no está intentando cargar usted solo con más responsabilidad de la cuenta.
¿Qué diferencia hay entre refugiarse un momento en la regresión y quedarse en ella mucho tiempo?
La regresión le permite aguantar durante un tiempo una realidad que le supera. Tomarse un día de descanso o pedir ayuda es una forma de recuperarse. Pero si se queda mucho tiempo en ese estado, sin contestar a nadie y aplazando una y otra vez lo que tiene que hacer, se van acumulando los problemas sin resolver, y eso hace que la ansiedad crezca todavía más. Cuanto más seguro se siente bajo las sábanas, más le cuesta salir de ellas.
Por eso, sin culparse por la regresión, sí hay que averiguar qué está evitando al esconderse así. Y hay que plantearse también, una por una, estas preguntas: si no se ha visto desbordado por querer resolver eso de una sola vez, y si se trata de algo para lo que de verdad necesita la ayuda de otra persona.
¿Con qué pequeñas acciones se puede empezar a volver a la realidad?
Los días en que todo le supera, no intente arreglar su vida entera: muévase y empiece por algo pequeño que pueda hacer ahora mismo. Puede subir la persiana, beber un vaso de agua, contestar ese WhatsApp que tenía pendiente o decidir una sola cosa que va a resolver hoy. Estas pequeñas acciones son un paso fuera de su mundo interior, hacia la realidad de fuera. Y, al dar ese paso, comprueba que la ansiedad que sentía bajo las sábanas y lo que pasa en realidad pueden no coincidir.
La regresión no significa que su mente se haya estropeado; puede ser una señal de que lo que la realidad le exige ha superado las fuerzas que tiene para afrontarlo. Pero si el ánimo bajo y la apatía se prolongan durante mucho tiempo y ya no consigue comer, dormir ni llevar su día a día con normalidad, no intente aguantar solo a fuerza de voluntad: pida a un profesional que valore su situación y le ayude.
Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas