Si gana una discusión tras otra, de la relación no queda nada

A veces algo empieza como una pequeña diferencia de opinión y, en un momento dado, uno se encuentra interrumpiendo al otro, sacando a relucir sus puntos débiles y compitiendo por ver quién tiene más razón. Aunque al final la otra persona se calle, el problema que se quería resolver al principio sigue ahí, igual que estaba.

¿Por qué ganar una discusión deja una sensación de vacío?

Lo que de verdad se disputaba en esa conversación no era el problema del principio, sino quién estaba por encima de quién: una cuestión de jerarquía. El objetivo no era llegar a un acuerdo, sino confirmar: «Soy más fuerte que tú». Como al ganar queda confirmado que uno es más fuerte, durante un rato siente alivio. Pero el respeto y la comprensión entre los dos, en lugar de crecer, disminuyen. Por eso, aunque haya ganado la discusión, en la relación se queda solo.

¿Qué le pasa a una conversación cuando una diferencia de opinión se vive como una falta de respeto?

Hay padres que, cuando su hijo les dice «¡No quiero!», lo que oyen es «me está plantando cara» o «no respeta a sus padres». También hay quien, si su pareja recuerda de otra forma algo que vivieron los dos, lo toma como una mentira. En los dos casos, basta con que la otra persona diga algo distinto de lo que dice uno para sentir: «Me está menospreciando, está atacando lo que valgo».

Entonces, en lugar de explicar y negociar, elige imponerse: levanta la voz para no dejar hablar al otro, hace valer su poder económico o su posición y amenaza con romper la relación. La conversación se convierte en un pulso, y el problema del que de verdad había que hablar ya no se puede tratar. Si la otra persona se echa atrás, no es porque esté de acuerdo: se calla para no salir perjudicada.

¿En qué clase de persona se convierte al crecer un niño sometido por la fuerza?

Un niño al que riñen cada vez que dice lo que piensa puede aprender una de dos maneras de relacionarse. Una es, cuando llega a tener poder, someter a los demás igual que lo sometieron a él. La otra es esconder del todo lo que piensa, para que no vuelvan a humillarlo.

Quien somete a los demás y quien esconde lo que piensa parecen opuestos. Pero ninguno de los dos vivió lo suficiente, de pequeño, la experiencia de decir lo que pensaba sin que le riñeran por ello. Quien somete aprendió, mientras crecía sometido por la fuerza, que «una relación consiste en decidir quién está por encima». Por eso no soporta perder una discusión. Quien esconde lo que piensa siente que dar su opinión ya es, de por sí, peligroso.

Aceptar el «no quiero» de un niño, ¿significa consentírselo todo?

No. Si el niño dice que no quiere bañarse, se le puede decir «Entiendo que no te apetezca, pero hoy toca bañarse», separando lo que siente de lo que tiene que hacer. Se acepta que no quiera, pero es el adulto quien, haciéndose responsable, marca los límites que de verdad hay que respetar.

Si los padres, para proteger su orgullo, doblegan al niño por la fuerza, lo que se le queda grabado no es una norma, sino la ley del más fuerte. La idea de la que se ha hablado antes, «una relación consiste en decidir quién está por encima», es precisamente la ley del más fuerte. En cambio, si se acepta que no quiera y se le explica por qué hay que hacerlo, el niño aprende a decir lo que piensa y, a la vez, a ir encontrando un equilibrio entre lo que quiere hacer y lo que tiene que hacer.

¿Qué hacer para que la conversación vuelva a centrarse en lo que hay que resolver y no en quién tiene razón?

Cuando la conversación empieza a subir de tono, puede preguntarse: «¿Ahora mismo estamos buscando una solución o cada uno intenta ganarle al otro?». Y hay que dejar de decir cosas que ofenden a la otra persona o que sacan a relucir viejos puntos débiles para atacarla. En su lugar, hay que decir una sola cosa que haya ocurrido de verdad y una sola cosa que usted espera de la otra persona.

Reconocer que la otra persona piensa distinto no hace que usted valga menos. Si, aunque sigan quedando puntos en los que no están de acuerdo, pueden terminar la conversación sin que nadie se sienta amenazado, dejan de ser dos personas que se disputan quién está por encima y pasan a ser dos personas que van resolviendo juntas los problemas. Ganar doblegando al otro no le hará feliz. La felicidad aparece cuando, después de decir que piensan distinto, no se alejan el uno del otro.


Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas

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