Por qué no consigue dejar a alguien aunque le haga daño

Hay personas que no consiguen terminar una relación aunque saben que la otra persona las humilla y las controla. Si deja de dar señales, sienten que se les oprime el pecho y no pueden dormir. Y cuando vuelve a ponerse en contacto, sienten alivio, aunque no haya cambiado en nada.

¿Se aferra al otro porque, pese a todo, es buena persona, o por miedo a quedarse solo?

Si se aferra a alguien que le hace daño, puede que no sea porque esa persona sea buena. Tampoco el amor basta para explicarlo todo. El vacío y el miedo que le invaden cuando se queda solo son tan grandes que, antes de preguntarse si esa persona le respeta, lo primero que intenta es asegurarse de tener a alguien a su lado. Por eso, por mucho que esa persona le maltrate y no sea capaz de quererle, basta con que se quede a su lado: con eso ya se siente seguro. Qué clase de persona es y cómo le trata pasan a importar poco.

Si el contacto solo se ha cortado un rato, ¿de dónde viene esa sensación de abandono?

Un niño pequeño aprende, en la relación con quien lo cuida, a confiar en que esa persona, aunque no esté delante, «sigue estando en alguna parte, me quiere y va a volver». A esta confianza se le llama «constancia del objeto». Aquí, «objeto» se refiere a la persona que cuida al niño, y «constancia» quiere decir que esa persona está siempre en alguna parte, aunque no esté delante. Si los cuidados se interrumpían a menudo o no se podían prever, uno puede sentir que la persona que no tiene delante ha desaparecido también de su mente.

Quien ha crecido así, incluso ya de adulto, si tardan en contestarle o le cancelan un plan, no consigue dejarlo pasar como un simple retraso o una simple cancelación. Enseguida lo interpreta como «me ha abandonado» o «no le importo a nadie», y para frenar esa ansiedad llama o escribe una y otra vez, o acepta exigencias injustas.

Quienes sienten que la persona que no tienen delante ha desaparecido también de su mente suelen decir cosas como estas: «Solo quiero que alguien se quede a mi lado hasta que me duerma». «Me da muchísimo miedo dormir sin nadie al lado por la noche». ¿Quién siente, en su origen, un miedo así? Lo siente un bebé. ¿Cuánto terror debe de sentir un bebé cuando, en la oscuridad de la noche, su madre no está? Ese mismo terror lo siguen sintiendo personas adultas de veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años. La mayoría de la gente dice: «Pues te duermes y ya está». Pero a estas personas la noche les da tanto miedo que llegan a sentir pánico.

Si su valor sube y baja con los elogios y reproches del otro, ¿por qué se agarra incluso a una mala relación?

Si tiene una sensación estable de qué clase de persona es (sentido de sí mismo), un elogio no se le sube a la cabeza más de la cuenta, y que le señalen un fallo no hace que se derrumbe todo su ser. En cambio, si esa sensación es débil, la reacción de la otra persona decide cuánto vale usted ese día.

Si la otra persona se muestra cariñosa, usted se siente alguien valioso; si se vuelve fría y le da la espalda, se siente como alguien a quien han abandonado. Como su valor lo decide la reacción del otro, si la relación se rompe, es como si desapareciera la persona misma que decide cuánto vale usted. Por eso, más que si esa relación le hace bien, lo que pasa a importar es que no se rompa y siga adelante. Antes que quedarse solo, acaba eligiendo mantener la relación, aunque sea mala.

Si no consigue dejar a quien le maltrata y luego le da cariño, ¿es por falta de voluntad?

Si la otra persona fuera siempre fría, sería fácil darse cuenta del peligro. Pero cuando le humilla y después le pide perdón, o le amenaza y de pronto se vuelve cariñosa, el alivio que siente es muy grande. Cuando el sufrimiento y el consuelo llegan, por turnos, de la misma persona, la esperanza de que «a lo mejor esta vez cambia» es lo que mantiene en pie la relación.

No poder irse no es falta de voluntad. Es que el miedo a quedarse solo ya le tiene atrapado y, además, el cariño que llega después del sufrimiento le hace volver a tener esperanzas. Por eso no debe culparse por no haberse ido. Eso sí: si hay violencia, amenazas o control económico, antes de ponerse a examinar por qué no consigue dejar esta relación, tiene que contárselo a alguien de confianza, a la policía o a un servicio de ayuda y orientación, y ponerse físicamente a salvo.

Para recuperarse, ¿cómo aguantar solo cada vez más tiempo en vez de buscar deprisa a alguien a quien agarrarse?

Si lo que le retiene en esta relación es el miedo a quedarse solo, obligarle a cortarla con una simple decisión puede hacer que ese miedo crezca todavía más. Da igual que se obligue usted mismo o que le obliguen quienes le rodean. Recuperarse no es agarrarse deprisa a alguien que se quede a su lado cuando le invade el miedo, sino ir alargando el tiempo que es capaz de aguantar solo. Para eso hay que prepararse de antemano: contarle la situación a alguien de confianza, decidir con quién se pondrá en contacto por la noche cuando tenga miedo y tener preparadas maneras de calmar el cuerpo cuando esté solo, como respirar despacio. Si, en lugar de agarrarse a cualquiera en los momentos de apuro, va creando relaciones seguras repartidas en distintos sitios, disminuye la necesidad de aferrarse a una sola persona.

Si no ha podido irse, puede que no sea solo porque esa persona sea especial, sino porque, en cuanto se queda solo, revive un viejo miedo. Es el mismo terror que siente un bebé en la oscuridad de la noche cuando su madre no está, y que ahora, en la edad adulta, vuelve a sentir. Ese miedo hay que comprenderlo, pero cómo le trata la otra persona hay que examinarlo con claridad. Soportar la soledad y aguantar el maltrato no son lo mismo.


Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas

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