Quien no aprendió a detenerse siente una ansiedad sin motivo

Si se deja que un niño se acueste a la hora que quiera y use el móvil todo lo que quiera, puede que haya menos conflictos. Pero, como nadie le dice «hasta aquí», el niño no tiene ocasión de intentar detenerse, y le cuesta juzgar por sí mismo cuándo debe parar. Lo mismo ocurre si los padres ponen un límite, pero ese límite cambia de un día para otro. Si lo que hoy está permitido mañana es, de repente, motivo de regaño, el niño no puede saber de antemano qué puede hacer y qué no. En cualquiera de los dos casos, como el niño no sabe hasta dónde está bien, no se siente más tranquilo, sino, al contrario, más inquieto.

Sin reglas, ¿de verdad uno es más libre?

A esa línea que marca «hasta aquí» se la llama límite. Un límite restringe lo que uno hace, pero al mismo tiempo le anuncia lo que va a pasar. Esto vale no solo para la crianza, sino también para la terapia. En terapia, el límite es la hora fijada para la sesión. A veces la persona que viene a terapia llega tarde porque había mucho tráfico. Aunque todo lo que explica sobre su retraso sea cierto, el terapeuta no alarga la sesión para reponer el tiempo de su retraso. La persona se queda dolida, pero, al mismo tiempo, siente seguridad. Porque, sea cual sea el motivo, si llega tarde pierde ese tiempo y si llega puntual recibe todo el tiempo acordado, y así puede saber de antemano qué va a pasar. Sin reglas, uno no se vuelve más libre, sino que le cuesta más prever lo que viene después. Solo cuando la línea está clara se puede elegir con tranquilidad dentro de ella.

¿Por qué esa ansiedad difusa no se va nunca?

El psiquiatra Otto Kernberg, al describir el problema de personalidad al que llama «personalidad límite», señala como primer rasgo una ansiedad difusa que está siempre flotando. Es una ansiedad que no se puede atribuir a nada concreto y que, sin embargo, dura mucho tiempo sin desaparecer. Ahora bien, tener esta ansiedad no significa que uno tenga personalidad límite. La ansiedad aparece también cuando se duerme poco o se está enfermo, y en la depresión o en otros trastornos de ansiedad.

Si uno lo piensa bien, quien no tiene asentada por dentro la línea del «hasta aquí» no puede sino sentir ansiedad. Tener esa línea asentada significa poder decidir por uno mismo qué quiere, hasta dónde puede llegar y cuándo va a parar. Quien tiene dificultades para decidirlo por sí mismo acaba moviéndose según cómo reaccionan los demás en cada momento. Por eso su criterio cambia una y otra vez y, como no puede saber de antemano qué está bien, no logra relajarse ni siquiera cuando no pasa nada.

¿Qué le enseña al niño la prohibición de sus padres?

Cuando los padres le dicen «hoy, hasta aquí», el niño puede llorar, enfadarse o lloriquear y soltar todas sus quejas. No hace falta que los padres le impidan llorar o enfadarse, pero sí tienen que mantener el límite que pusieron. Así el niño aprende que, aunque se enfade, la relación no se rompe, y que puede aguantar aunque no consiga enseguida lo que quiere. En ese momento es duro para los dos, pero impedirle hacer lo que no debe hacer le da seguridad al niño.

Al contrario, si los padres no soportan el llanto del niño y cambian las reglas una y otra vez, el niño aprende que, cuanto más fuerte exige, más se mueve el límite. En lugar de la capacidad de frenar sus impulsos, aprende la manera de exigir con más fuerza.

En la adicción, ¿dónde está el problema?

El niño al que sus padres no supieron ponerle límites, al crecer, sufre las dificultades de la personalidad límite y cae con facilidad en una adicción. La adicción es salirse de la línea del «hasta aquí». El problema no está solo en la sustancia en sí. La epidural que se pone en el parto, y algunos jarabes para la tos y medicamentos para el resfriado, contienen componentes narcóticos, pero, usados en la cantidad indicada, ayudan al tratamiento. Bastaría con usarlos hasta ahí, pero pasar esa línea y usarlos de más es abuso, y la adicción es siempre ese abuso. Eso no quiere decir que cualquier sustancia sea inofensiva. El alcohol y las drogas tienen distinto riesgo de dependencia y causan distinto daño al cuerpo según su tipo. En particular, las drogas ilegales, y tomar medicamentos recetados en mayor cantidad de la indicada o para otro fin, conllevan riesgos graves.

Para saber si hay una adicción, lo importante no es solo la cantidad que se consume. Hay que ver si se sigue repitiendo aunque perjudique la salud, las relaciones o el trabajo, y si se fracasa al intentar reducirlo. Incluso conductas cotidianas como hacer ejercicio o jugar a videojuegos pueden convertirse en un problema si se pierde el control y los perjuicios continúan. El ejercicio, con moderación, es bueno para el cuerpo; pero si alguien no puede parar aunque se le estén destrozando las articulaciones, eso ya no es ejercicio para la salud.

Si un control fuerte desde fuera le resulta cómodo, ¿qué le hace falta?

Si, de niño, los padres solo decían «no lo hagas» de palabra, pero en realidad no se lo impedían, es fácil que esa persona, ya de mayor, tampoco pueda parar por sí misma y siga adelante hasta chocar contra un muro. Y cuando un muro de fuera le corta el paso, como un ingreso en el hospital o una detención por infringir la ley, puede sentir, aunque lo pase mal, cierta tranquilidad. Porque alguien le ha trazado una línea clara: tiene menos cosas que elegir por sí misma y ya está decidido qué le toca hacer después. Por eso hay personas que, tras ir a la cárcel por un delito, se sienten más cómodas dentro de la prisión que viviendo en el mundo de fuera. Eso no significa que encerrar o frenar a la fuerza sea un tratamiento.

La recuperación no se logra solo frenando con más fuerza desde fuera. Hay que desarrollar la capacidad de regularse uno mismo. La manera de hacerlo es fijar de antemano un límite de tiempo y de dinero para el móvil, los videojuegos o el alcohol, pedir ayuda cuando no se cumple y, si hace falta, recibir tratamiento profesional.

¿Cómo se puede practicar una pequeña pausa?

Hoy puede elegir una sola conducta y decidir de antemano cuándo va a parar. Por ejemplo, dejar el móvil en la sala a las once de la noche, o terminar el ejercicio antes de que aparezca el dolor. Si se trata de algo que cuesta parar uno solo, como el alcohol, puede poner como límite no empezar en absoluto y buscar ayuda.

Después de parar pueden aparecer una sensación de vacío y desasosiego. En ese momento, lo importante es no tapar esa sensación con otro estímulo. Por ejemplo, después de dejar el móvil en la sala, no ponerse enseguida a jugar o a beber porque se nota un vacío. Cuando se van acumulando las veces en que uno aguanta esa emoción y mantiene el límite que se puso, puede detenerse por sí mismo y protegerse antes de chocar contra un muro de fuera, como el hospital o la ley.


Escrito por Kim Hyung-keun — Director del Instituto de Psicología de las Adicciones de Seúl · Director del Instituto de Formación en Psicoanálisis Contemporáneo · Psicoterapeuta de relaciones objetales y supervisor, con 26 años de práctica y docencia. Foro de consultas

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